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Los trabajos y los días de las mujeres rioplatenses hacia 1816

Hora tras hora, día tras día.

entre el cielo y la tierra que quedan eternos vigías,

 como torrente que se despeña, pasa la vida.

Rosalía de Castro, 1884.

 

Por mucho tiempo se tuvo una imagen de la mujer rioplatense confinada a las tareas domésticas, en roles eminentemente inactivos. Estudios recientes enriquecieron, sin embargo, esa mirada. Hoy sabemos de la diversidad de sus intervenciones en el medio rural y urbano durante la independencia. Oficios y ocupaciones como pulperas, estancieras, labradoras, criadoras, tejedoras, tenderas, hilanderas, parteras, lavanderas, costureras y panaderas estuvieron a su cargo. Solteras, casadas o viudas interactuaron con varones, sea como esposas (mayormente en subordinación masculina), “agregadas” o esclavas. Las hubo cautivas, viviendo en las tolderías. También en las estancias y en los fandangos, en tertulias y teatros, en el mercado y el convento. Mujeres por doquier: a través de distintos testimonios (en censos y padrones, en expedientes judiciales y en los relatos que dejaron los viajeros de aquel tiempo), asoman sus múltiples perfiles.

 

En el campo

 

De las 42.000 personas que habitaban la campaña bonaerense en 1815, ellas apenas eran superadas en número. Había 119 varones por cada 100 mujeres. El censo de ese año registró que San Vicente, Pilar y San Nicolás eran los sitios de mayor población femenina. Su nupcialidad se iniciaba a partir de los 15 años. ¿Cuántos años vivían? El promedio general llegaba a los 35, pero entre las estancieras podía trepar a los 60 años y más. Las esclavas, en cambio, vivían menos (26 era la media), siendo las veinteañeras las más numerosas. Éstas no sólo realizaban tareas domésticas en las estancias sino que también producían. Tejían ponchos, hacían jabones y velas, horneaban panes y cultivaban1.

 

Si bien no tenían incidencia en el mercado laboral, las tareas de las mujeres se integraban a las unidades económicas que eran las familias rurales de entonces: labrar la tierra, cosechar, atender el ganado, ordeñar y tejer. Había un tamaño medio de las proles campesinas: cinco personas integraban las labradoras, cuatro las estancieras y tres las de comerciantes y pulperas2.

Las mujeres que quedaban solas (fueran hermanas, cuñadas, sobrinas o simples huérfanas) solían “agregarse” a una familia con la que no tenían parentesco. Allí convivían y cumplían tareas.

 

Cuando enviudaban sus funciones se incrementaban. Como estancieras, por ejemplo, podían tener peones, “agregados” y hasta esclavos a cargo. Siendo pulperas mantenían constantemente el negocio, sin delegarlo en los hijos como era usual en los varones cuando envejecían. Además, mediante la condición de ser viudas, ellas podían acceder al usufructo de la tierra de frontera. Las conductas empresariales en tales situaciones fueron similares a las de los hombres. Veamos algunos casos.

 

Francisca Martínez tenía 49 años cuando fue censada en 1815. Era viuda. Había nacido en Buenos Aires y atendía una pulpería en Chascomús (era común establecer ese negocio en un poblado distinto al oriundo). Se ayudada con dos personas: un dependiente, a quien remitía un porcentaje de las rentas, y una esclava para las labores hogareñas. Ambos solteros. Francisca tenía tres hijos –una mujer y dos varones-, pero ellos vivían en el campo. En su pulpería, las decisiones corrían por cuenta de Francisca3.

 

Un caso excepcional fue el de Guadalupe Baquero; una panadera de San Isidro, censada como cabeza de un grupo de –nada menos- 32 personas (siete familiares, catorce esclavos, nueve peones y un capataz)4

 

Quizá el testimonio de una de estas mujeres nos clarifique mejor el panorama:

 

“Yo me he visto en mil apuros este tiempo, tanto de comer como de dinero […] Una madre que seis meses al frente de una estancia entre soldados y bandidos, demostró cumplidamente aptitudes y coraje admirables ante la adversidad” 5

 

Isabel de Álzaga se convirtió en estanciera al enviudar. La propiedad estaba en Arroyo de la China, de modo que dejó a su familia en Buenos Aires. Una vez instalada decidió echar al anterior encargado, retuvo a los peones y afianzó las relaciones con todo el personal. A ellos les mandaba traer víveres de la ciudad (jabón, arroz, tabaco, pólvora) y también pedía que le compren ovejas. Sin duda a cambio de alguna contraprestación.

 

Ella era la administradora “entre soldados y bandidos”; vale decir, en medio de estas figuras masculinas de la campaña: los peones y los cuatreros. Es que el oficio requería mucha dedicación y dotes personales. Para eso Isabel había llevado un sobrino a la estancia, para formarlo como “mayordomo”, pero tuvo dificultades:

 

“Le he dicho [a su sobrino] que no estoy loca para tirar el dinero para que esté metido en casa sin hacer nada. Pienso ir buscando, despacio, uno que haga más que él, y no he de pagar más que diez o doce pesos.” 6

 

En la ciudad

 

En la flamante ciudad revolucionaria las mujeres tenían visibilidad en algunos espacios y prácticas propias, aunque con fuerte dependencia externa.

 

Las que pertenecían a las clases “decentes” y estaban casadas podían ejercitar la lectura y el recitado de la literatura de la época, asistir a misa y al teatro (en ubicaciones reservadas junto a sus esposos), o participar de las animadas tertulias en donde se bailaba la contradanza o el minué. Siempre estaban acompañadas. Eran severas las formas de figuración social; no tanto por ellas, sino por el cuidado en la estimación de sus maridos.7

 

 

Las solteras maduras mayormente disponían de una habitación propia en la casa de un familiar varón y cumplían labores domésticas. En el teatro se las solía hallar en el “gallinero”, esto es, en las gradas más elevadas, sentadas en bancas sin respaldo.8

 

Las que no conseguían marido ni disponían de suficiente dote, podían ingresar al convento; un espacio de encierro preeminentemente femenino, aunque no del todo exento al influjo de la autoridad masculina de obispos y párrocos. Se trataba de la elección por una vocación de “servicio a Dios” que las mujeres tomaban tempranamente en acuerdo con sus familias. En ese sentido, en esos casos se fortalecía el prestigio de la casa. En el convento, junto a la educación religiosa, las monjas, retiradas de las urgencias mundanas, realizaban labores de tejido y amasado de pan.9

 

Las mujeres pobres de la ciudad, en cambio, oficiaban de vendedoras de comidas, cocineras, lavanderas y planchadoras. Algunas de éstas, asediadas por la pobreza, decidían ceder la tenencia de sus hijas o hijos por unos años en alguna casa pudiente, para que recibieran educación y vestimenta. Se trataba de un contrato signado por la necesidad. Las niñas humildes vivían entonces bajo el cuidado de estas familias, desempeñando tareas domésticas.10

 

También en los ámbitos cerrados de las cárceles las mujeres tenían funciones particulares. Las presas preparaban la comida de los internos, y padecían las condiciones de hacinamiento. “De que resulta que los más de los días están enfermas de diversos achaques”, según se informa en una visita de cárceles. La convivencia con los presos varones motivaba un especial cuidado “para poder precaver cualquier desorden que pueda cometerse por los agujeros que hay en la pared”.11  A su vez, las hermanas y esposas de los presos solían acercarse a la reja exterior de la cárcel para asistirlos y acompañarlos, tal como se muestra en “La mujer del preso” de Jean León Palliére.

 

En las tolderías

 

Hace dos siglos atrás vivían diversas agrupaciones originarias al sur del río Salado. Las tolderías indígenas eran unidades socioeconómicas. Allí las indias desarrollaban varias artesanías que se destinaban al consumo interno y también para el intercambio con los demás grupos tribales y la sociedad hispano-criolla. Así, ellas hilaban lana de oveja, confeccionaban tejidos, trabajaban el cuero y la madera. Además eran las encargadas de mantener los rebaños utilizados tanto para la alimentación de la comunidad como para obtener la materia prima de sus elementales talleres.12

 

Cuando los malones irrumpían en los espacios de frontera solían raptarse mujeres de la sociedad hispano-criolla. Fueran mozas o maduras. Siendo cautivas eran incorporadas a las sociedades originarias en situaciones subalternas. Algunas pasaban a ser concubinas de los hombres araucanos. Otras se integraban al resto de las indias como mano de obra (en ese sentido, ayudaban a sostener o a incrementar las poblaciones). Las demás eran retenidas en las tolderías hasta que se pagaran rescates, o como piezas de cambio en las relaciones intertribales.

 

En efecto, el flujo de reciprocidad en bienes y personas era intenso y creciente hace doscientos años atrás. Por la gran diversidad de parcialidades indígenas, la mujer podía tener un rol funcional facilitando, por ejemplo, la paz entre las tribus mediante matrimonios interétnicos.13 A su vez, existía un contacto frecuente con la sociedad hispano-criolla. Las cautivas, en ese contexto, servían para proveerse de mantas, ponchos, sombreros, espuelas, estribos, caballos, licores, entre otros productos demandados por los indígenas.14

 

Diversiones y pasatiempos

No todo era trabajo y obligaciones en la vida de las mujeres. También había diversiones. Mediante los juegos de naipes, los fandangos y las borracheras, ellas lograban soltarse de sus deberes. Por cierto tiempo, por supuesto. Pese a ello, los esparcimientos populares eran resistidos por las autoridades.

 

Ellas no solo jugaban a la baraja entre sí, sino que también lo hacían con parejas masculinas. Algunas, como Antonia Medina, organizaban partidas en sus casas, que se convertían en verdaderos garitos. Como en aquella época se apostaba siempre en todos los juegos de azar (no se concebía el “jugar por nada”), Antonia fue denunciada por estas reuniones.15

 

En las jugadas ellas podían perder su única vaca. Otras, la propia pollera. O algo peor, como el caso de una mujer cuyo marido la obligaba a prostituirse a fin de obtener dinero para sus apuestas.16

 

Algunas iban muy predispuestas a los fandangos. Eso era mal visto en aquel entonces (sobre todo desde la justicia que impartían los varones), porque se ponía en duda el honor y la moralidad femeninas en tales casos. Fue la situación comentada por un marido, cuya esposa

 

“gusta de andar ella a sus anchas y libertinidad, y por salir del yugo de mis moderadas y maridables represiones, por la coartación de que vaya a los fandangos cuando yo no la acompaño.” 17

 

Las corridas de toros en la ciudad existieron hasta poco después de la independencia. Fueron suprimidas cuando la lucha contra el español se intensificó, relegándose algunas de sus expresiones culturales. Pero ahí estuvieron ellas, celebrando: en una fuente judicial se registra que “en la calle Florida, las señoras en las ventanas y las sirvientas en las puertas, se apiñaban para ver pasar la oleada que iba y venía” 18

 

Otros pasatiempos exigían una dedicación previa como los gallos para las riñas. El animal solía estar atado a la puerta de la casa y la mujer se ocupaba de  alimentarlo. Los hombres los amaestraban después. 19

 

Las damas de la élite paseaban a pie por la Alameda en pequeños grupos y, en el caso de las jóvenes, acompañadas por una negra liberta. El teatro constituía todo un acontecimiento “decente”, y era la ocasión preferida de las jovencitas para recibir o enviar cartas amorosas. 20

 

 

 

Notas:

 

1 GIHRR, Grupo de investigación en historia rural rioplatense (2004) “La sociedad rural bonaerense a principios del siglo XIX. Un análisis a partir de categorías ocupacionales” en Fradkin, Raúl, Garavaglia, Juan C., En busca de un tiempo perdido. La economía de Buenos Aires en el país de la abundancia. 1750-1865, Buenos Aires, Prometeo, pp. 21-63.

 

2 op. cit., pp. 54.

 

3 Mayo, Carlos (2000)  Vivir en la frontera. La casa, la dieta, la pulpería, la escuela (1770-1870), Buenos Aires, Biblos, pp. 117.

 

4 GIHRR,  op. cit., pp. 58.

 

5 Mayo, Carlos (2004) Estancia y sociedad en la pampa (1740-1820), Buenos Aires, Biblos, pp. 175.

 

6 Ídem anterior, pp. 174

 

7 Aguirre, Susana (1997) “En torno al concepto del honor. Buenos Aires a fine del siglo XVIII”, en Cuarto Congreso de Historia de los Pueblos de la Provincia de Buenos Aires, Buenos Aires, Ediciones Theoría, pp. 35.

 

8 Cicerchia, Ricardo (1999) Historia de la vida privada en la Argentina, Buenos Aires, Troquel, pp. 72.

 

9 Idem anterior pp. 261.

 

10 Idem anterior pp. 80.

 

11 Mallo, Silvia C. (2004) La sociedad rioplatense ante la justicia. La transición del siglo XVII al XIX, La Plata, Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires, pp. 132.

 

12 Ratto, Silvia (2003) La frontera bonaerense (1810-1828). Espacio de conflicto, negociación y convivencia, La Plata, Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires,  pp. 123.

 

13 Ratto, Silvia (2003) op. cit., pp. 125.

 

14 Mayo, Carlos; Latrubesse, Amalia (1998) Terratenientes, soldados y cautivos: la frontera, 1736-1815, Buenos Aires, Biblos,  pp. 87.

 

15 Velich, Vanesa; Virigili, Daniel “Con el destino en las manos. Los juegos de envite y azar en Buenos Aires y la campaña bonaerense”, http://aportesdelahistoria.com.ar/con-el-destino-en-las-manos-los-juegos-de-envite-y-azar-en-buenos-aires-y-la-campana-bonaerense-por-vanesa-velich-y-daniel-virgili/ (20Oct2016).

 

16 Idem anterior.

 

17 Mayo, Carlos (2004) Estancia y sociedad…, op. cit.,  pp. 170.

 

18 Cabrejas, Laura; Fenández, Ángela, “Las corridas de toros en el Buenos Aires colonial (1730-1830)” http://aportesdelahistoria.com.ar/las-corridas-de-toros-en-el-buenos-aires-colonial-17301830-por-angela-fernandez-y-laura-cabrejas/ (20Oct2016)

 

19 Cabrejas, Laura; Fenández, Ángela “Riña de gallos en el Buenos Aires colonial (1730-1830)”, http://aportesdelahistoria.com.ar/rina-de-gallos-en-el-buenos-aires-colonial-17301830-por-angela-fernandez-y-laura-cabrejas/ (20Oct2016).

 

20 Mayo, Carlos, (2004) Porque la quiero tanto. Historia del amor en la sociedad rioplatense (1750-1860), Buenos Aires, Biblos, pp. 57-62.

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