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La ley y la telaraña

“Ya lo ha dicho el Martín Fierro que la ley es como la telaraña.

Los bichos chicos quedan y los grandes, la rompen y pasan”

Juan Domingo Perón.

 

 

A- El afiche

 

Entre todas las ilustraciones y afiches de la propaganda peronista, hay uno que tiene una carga especial, al menos para mí: un enorme obrero ferroviario sostiene una locomotora en sus manos; al pie de la imagen tiene escrito “Perón cumple” y una consigna que siempre me impresionó por lo escueto, rotundo y simbólico: “ya son argentinos”.

La recuerdo en fotografías en blanco y negro, mezclada con imágenes de la tele. Eran los años ochenta, y la historia reciente empezaba a ser tratada en el ciclo “Yo fui testigo” (que conducía Arturo Bonín), en aquellos inicios de la recuperación democrática. Me resultaba una imagen potente, asociada a lo monumental, con ese aire de nueva época que el peronismo había inaugurado y que yo apenas descubría. Recuerdo también el raro orgullo que sentía por esa última palabra. Porque en ese entonces decir “lo argentino” era más o menos pasar por un charlatán de feria. Vivía en un ambiente así, pero eso mi confusión. No siempre había sido de ese modo. Ese afiche mostraba otra historia. Otro sentido.

 

B- La trascendencia de la Secretaría de Trabajo y Previsión de los años 40

 

La creación de la Secretaría de Trabajo y Previsión (STyP) en 1943 introdujo cambios sustanciales en la vida de los trabajadores argentinos.

 

Para los del ámbito rural, por ejemplo, el Estatuto del Peón les fijó un salario mínimo y mejoras en las condiciones laborales (además de las de alimentación y vivienda). Clausuró para los trabajadores aquella historia de los vales emitidos por la patronal como paga (imagen y situación de patente injusticia), y comenzaba una nueva etapa, la del derecho laboral. Ellos y quienes vivían en los centros urbanos accedieron entonces a diversos reconocimientos, que en lo inmediato significaron aumentos de salarios (en especial, el aguinaldo que potenciaba el consumo popular), y nuevas instancias de integración como el seguro social y la jubilación.

 

La intervención realizada desde esta célebre Secretaría que dirigió Juan Domingo Perón superó el nivel reformista al fomentar la sindicalización. En efecto, el reconocimiento de las asociaciones profesionales potenció a los sindicatos en el plano jurídico, amén de facilitar una fluidez en la relación entre Estado, ley y movimiento obrero.

 

Hacia 1944 la acción de la STyP ya tenía la dimensión de una verdadera política social: se controlaban  los precios de los alquileres, se otorgaron nuevas viviendas a partir de planes populares de financiación, y se mejoraron las inversiones en salud y educación. Fue ampliamente apoyada por la clase trabajadora, tanto en los sectores sindicalizados (de orientación sindicalista y socialista) como en la nueva camada proveniente de las migraciones internas.

 

Hay que tener en cuenta que hacia 1943 existían diversos trayectos en materia laboral. En 1904, por ejemplo, Joaquín V. González elaboró el primer proyecto de ley nacional del trabajo; en 1907 se creó el Departamento Nacional del Trabajo; por esa época también Juan Bialet Massé realizó, a pedido del parlamento nacional, un estudio detallado de la situación de las clases trabajadoras en su renombrado “Informe”. Finalmente, hubo códigos laborales en la década del veinte y la del treinta, realizados por Indalecio Gómez y Carlos Saavedra Lamas, respectivamente. Pero sería Perón quien diseñar una política de estado de largo aliento.

 

En efecto, la STyP tenía una finalidad centralizadora. Todos los organismos provinciales (departamentos, direcciones u oficinas de trabajo) se convirtieron en delegaciones regionales de esta Secretaría. Ése fue el primer paso hacia una política nacional en materia laboral.

 

Juan Manuel Palacio (investigador del CONICET) precisa las funciones de la STyP de la siguiente manera:

 

“Entre las múltiples funciones que asumía la Secretaría se contaban las de control y ‘policía de trabajo’ en cada jurisdicción –con la capacidad de hacer inspecciones, recibir denuncias, multar a los infractores, levantar actas, etc.–; la de producir normas tendientes a una estricta regulación del trabajo en todo el país, a través del dictado periódico de resoluciones –v.g. sobre salarios mínimos, condiciones de trabajo, etc. en cada jurisdicción y para cada tipo de actividad–; la de brindar en sus oficinas información, asesoramiento (sindical, legal, procesal), de manera de desarrollar la ‘intensa obra de divulgación’, concientización doctrinaria y política de los trabajadores en todo el país; por último –en lo que atañe más directamente a este trabajo– se proponía la tarea inconmensurable de gestionar centralizadamente todos los conflictos laborales que se produjeran en el territorio del país, controlando el sistema de conciliación y arbitraje entre obreros y patronos, ya sea recibiendo las presentaciones y denuncias o interviniendo de oficio, en forma directa y espontánea en las contiendas que deriven del trabajo. En una de sus primeras resoluciones en este sentido, la Secretaría establecía el principio de ‘conciliación obligatoria’, declarando que ‘todos los conflictos laborales deben ser canalizados por la Secretaría’ y disponiendo la suspensión de toda otra medida (huelgas, paralizaciones, denuncias) mientras durara la conciliación. Este solo hecho –la obligatoriedad– marcaba una clara ruptura con la acción estatal en materia social y de regulación y control de la legislación laboral del pasado.”

 

Sin duda esta Secretaría fue una pieza clave en la construcción de liderazgo de Juan Domingo Perón. La nueva realidad, perdurable en la memoria de los trabajadores, contuvo una intensa divulgación por parte del Estado integrada por afiches, cortometrajes y hasta piezas de teatro obrero. Vamos a comentar algunas de estas producciones.

 

 

C- El teatro obrero como herramienta de divulgación

 

La dramaturgia genera lenguajes y accesos originales a distintos ámbitos de la realidad social. Construye miradas y elabora significaciones en donde es posible detectar la intencionalidad del autor, especialmente en sus conflictos dramáticos. Vamos a analizar fragmentos de dos obras, tituladas “Causa Justicialista” y “Patria y Derechos”, que tuvieron vocación de propaganda durante la época “clásica” del peronismo.

 

En la primera de ellos (“Causa Justicialista”), el personaje Roberto está siendo enjuiciado por haber incitado a una huelga, y se defiende realizando una comparación entre  las etapas que dividen el eje social y político del fragmento: antes y después de Perón.

 

“ROBERTO.-: Creen que soy un hombre pobre, sin dignidad e ignorante. Tantos años explotándome sin darme la oportunidad de levantar cabeza. Nunca se fijaron en mí porque obedecía ciegamente las órdenes que me daban. Ahora, que me rebelo, me encarcelan.

JUEZ.-: No puede hablarle así a un juez. Usted es sólo un desagradecido más que no entiende que su patrón le dio trabajo para alimentar a su familia. Y ahora, con esas ideas que le metieron en la cabeza, se levanta contra la mano que lo sostuvo. Además se atrevió a desafiar a las autoridades liberando una huelga.

ROBERTO.-: Mi patrón me hambreó toda la vida y nunca pude tener ni un pedazo de tierra propio para levantar mi casa y criar a mis hijos. Siempre puse el cuerpo, fui ejemplo de mula cargando las carnes que después venden a precio que ni puedo imaginar. Y nunca me vieron. Pero como no soy como sus delegados a sueldo que nos entregan y nunca reclamo, se dieron cuenta de que mis reales compañeros me respetan y siguen. Y no son ideas raras que me impusieron para manejarme. Son las palabras del general Perón que están cambiando el país y terminando con los privilegios de los patrones en beneficio de los obreros.”

 

Roberto refiere un pasado ominoso e injusto (“obedecía ciegamente las órdenes”, “Mi patrón me hambreó toda la vida”), que pervive en la interpretación del Juez quien, como exponente del status quo de aquel sistema, naturaliza la cuestión (“Usted es sólo un desagradecido más que no entiende que su patrón le dio trabajo para alimentar a su familia”). Aquí tenemos un primer conflicto en cuanto a los límites que ofrecía ese sistema, ya que lo que para el Juez era un delito (“se atrevió a desafiar a las autoridades liberando una huelga”), para Roberto resultaba ser la situación paradojal del sujeto pasivo que se sale de lo socialmente instalado (“Creen que soy un hombre pobre, sin dignidad e ignorante”, “Ahora, que me rebelo, me encarcelan”).

 

Ciertamente, el presente de rebeldía y de lucha por la justicia es lo que signa la construcción temporal de la exposición de Roberto (“mis reales compañeros me respetan y siguen”, “las palabras del general Perón que están cambiando el país”), donde los valores de lo viejo están en crisis frente a la nueva era que está naciendo merced a la impronta esclarecedora de Perón.

 

Sin embargo, lo viejo se resiste a morir.

 

JUEZ.-: ¡No hay Perón que valga la pena! Las cosas fueron y serán siempre igual. Los pobres tienen un destino y se tienen que resignar.

ROBERTO.-: Usted no administra justicia. Es un empleado, como la policía, de los patrones. Perón es el presidente, el que tiene el poder que el pueblo le dio. Y no nos va a fallar. Se van a terminar los pobres y ustedes van a tener que trabajar para ganarse el pan. Ya dijo nuestro líder que somos libres y que cada trabajador tiene derecho a las mismas cosas que ustedes. Por eso, ganaron esta pequeña batalla pero la guerra la han perdido. Porque las órdenes de la capital llegarán y reorganizaremos los sindicatos para que el pueblo recupere lo que les corresponde. Perón está en todos lados, porque su pueblo está en todos lados. Rían ahora, luego será nuestro turno. No hay lugar para ustedes en la sociedad justicialista.”

 

Aquí son apreciables otros conflictos: Roberto señala cuáles son los agentes del viejo orden (“Usted no administra justicia. Es un empleado, como la policía, de los patrones”), a quienes les espera el fin de sus privilegios mediante un “castigo”: “ustedes van a tener que trabajar para ganarse el pan”. Lejos de ser un mensaje de revancha, lo que subyace es el tono de equidad reparadora en Roberto, resultado del protagonismo de Perón y su pueblo para que “recupere lo que les corresponde”.

 

Perón aparece mencionado contradictoriamente en ambos roles. Para el viejo orden representa al demagogo que ejerce su influencia en los pobres “con esas ideas que le metieron en la cabeza”; visión que refuerza la interpretación del pueblo como un sujeto “pobre, sin dignidad e ignorante”. Por el contrario, Roberto considera a Perón como el vindicador de los obreros, el protector y guía del pueblo, cuyas “órdenes” y “palabras” integran el futuro promisorio para la clase trabajadora.

En “Patria y derechos” aparecen situaciones análogas a las citadas. Aquí el conflicto reside en el diálogo que mantienen un estanciero (“Achával”) y su peón (“Castro”), en momentos en que el peronismo ya ha establecido algunos cambios en la vida rural. Sin embargo, la discusión surge a partir de la pretensión de reformar la Constitución de cuño liberal.

 

“ACHÁVAL: Mire, Castro, ya cumplí varias cosas que mandaba el Estatuto del Peón, pero me parece que se les está yendo la mano a ustedes, los peronistas. En el campo, los dueños sabemos mejor que ese fascista lo que los trabajadores necesitan. Siempre supimos tratarlos con la soga cortita pero sin humillarlos. Muchos de ustedes son casi de la familia; he visto sus hijos crecer, sus enfermedades y hasta algunos nietos. He sido padrino de bautismo, de casamiento. Y, no puede correrme con esto, fui uno de los pocos estancieros que acepté que usted fuera delegado de la peonada. Siempre negociamos en paz. Por eso, no me venga con que hay que revisar la Constitución peronista. Era lo que faltaba, mancillar la Carta Magna con articulitos demagógicos. No me joda, Castro, ¿se me hizo abogado?

CASTRO: Creo que no entendió nunca nada. Cuando Perón llegó al gobierno, las cosas cambiaron pero este cambio no se detiene. A veces me pregunto sobre el significado de la palabra trabajador. Parece fácil definirla pero con las leyes justicialistas que terminaron con la explotación, me resulta más complicado de lo que esperaba. Un trabajador debe tomar conciencia de su situación, de sus derechos y acercarse a su sindicato si tiene dudas. Eso es formarse como hombre, no a través del aprendizaje bruto que imponía el patrón a golpes para cumplir una misión. Eso era antes, cuando yo era mozo. Hay muchas cosas para transformar en el campo todavía y no dependen de la ‘bondad’ del estanciero. Perón ha construido escuelas por toda la zona rural, para que no se aprovechen los patrones de la ignorancia del peón. Nuestros hijos, con guardapolvo blanco, aprenden a leer y a escribir y a que no pueden ser tratados como esclavos. Un trabajador tiene que estar dispuesto a luchar por las leyes que Perón nos dio. Los obreros somos la fuerza de la razón y debemos pelear por un futuro todavía mejor, dando la vida por nuestro ‘líder’, si fuera necesario.”

 

Son destacables en este fragmento las distintas inflexiones asignadas a los roles. Al tono pragmático, campechano y hasta burlón del patrón Achával (“Siempre negociamos en paz”, “Muchos de ustedes son casi de la familia”, “¿se me hizo abogado?”), se contrapone la inflexibilidad del peón Castro, quien enuncia un discurso axiomático (“Un trabajador debe tomar conciencia de su situación”, “los obreros somos la fuerza de la razón”), fáctico (“Perón ha construido escuelas por toda la zona rural, para que no se aprovechen los patrones”), y terminante (“este cambio no se detiene”).

 

Reaparecen los planos temporales opuestos que ya vimos en “Causa Justicialista”, además de la conflictiva referencialidad a Perón; esto es, un pasado injusto (“[el] aprendizaje bruto que imponía el patrón a golpes para cumplir una misión. Eso era antes, cuando yo era mozo”) contrapuesto a un presente en plena transformación (“Nuestros hijos, con guardapolvo blanco, aprenden a leer y a escribir y a que no pueden ser tratados como esclavos”). Por último, mientras Achával tilda de “fascista” a Perón, que pretende establecer “articulitos demagógicos” en la Constitución, Castro lo consagra como “nuestro ‘líder’” que vino a redimir a los trabajadores en virtud a “las leyes que Perón nos dio”.

 

En estas piezas teatrales resulta clara la oposición de los roles. Los autores asignaron al personaje “peronista” una construcción discursiva donde el peronismo surge como un tiempo de bisagra. Ambos protagónicos conciben la era anterior a Perón como un tiempo de injusticia, opresión y brutalidad; a la vez que asumen el presente como una etapa reparadora en favor de los trabajadores y los desposeídos.

 

El “otro” representa al agente del orden conservador que, si bien acata algunos cambios y se adapta a los requerimientos de los nuevos tiempos (“Achával” cumple con el Estatuto del Peón), también expresa la persistencia de lo caduco dentro de la nuevo; por ejemplo, cuando el “Juez” interpreta que es un delito realizar una huelga contra quienes dan trabajo a los peones.

 

Por su parte, estos personajes antagónicos perciben que “los otros” son víctimas de la manipulación de un maquiavélico Perón, quien representa el “mal absoluto”, pues los efectos de su prédica han quebrado el orden social vigente, sea en las ideas políticas, las prácticas sociales del mundo rural y hasta el espíritu de la Carta Magna.

 

D. – La foto en blanco y negro

 

Una veintena de personas rodean a Perón en el ingreso a la Secretaría de Trabajo y Previsión. Hay mujeres y hombres, jóvenes y ancianos. También niños. Miradas expectantes, algunas amenas. Una que otra mano alzada, saludando.

Rostros del pueblo con su líder. Contemplándonos.

 

Bibliografía

 

Juan Manuel Palacio, « El peronismo y la invención de la justicia del trabajo en la Argentina », Nuevo Mundo Mundos Nuevos [En ligne], Débats, mis en ligne le 25 septembre 2013, consulté le 16 mai 2017. URL : http://nuevomundo.revues.org/65765 ; DOI : 10.4000/nuevomundo.65765

Arreche, Araceli (2013) Teatro obrero. Una mirada militante, Buenos Aires, Atuel.

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