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La identidad como símbolo de lucha

José Luis Maulín Pratto es el nieto recuperado n° 120. La noticia fue presentada y celebrada por Abuelas de Plaza de Mayo. Aquí, una crónica de la búsqueda por la identidad y las secuelas que dejó el terrorismo de Estado en este caso.

“Soy José Luis Maulín, pero estoy obligado aún a nombrarme como José Luis Segretín”. Así se inicia una carta del flamante nieto recuperado n° 120 dirigida al Tribunal Oral de Santa Fe. La escribió en el marco del juicio contra quienes le robaron la identidad desde el día que nació, hace 39 años. Una noticia contiene una historia, y cada historia es un relato de lucha. Vale poner el ojo para entender.

 

La noticia

 

El 29 de junio pasado las Abuelas de Plaza de Mayo presentaron al nieto recuperado número 120. Se llama José Luis Maulín Pratto, pero todavía legalmente no puede usar esos apellidos, por demoras en la Justicia Federal de Santa Fe. "Le están negando la posibilidad de darle el nombre a él y a sus hijos –explicó Estela de Carlotto, y agregó-. No tiene explicación que, teniendo las pruebas en el Banco Nacional de Datos Genéticos, el propio Estado le niegue al chico recuperar lo que ya sabe".

En conferencia de prensa, y acompañado por sus hermanos Walter y Gisela, el nieto 120 dijo que “es un sueño poder estar acá, con Estela y con las Abuelas, gente muy querible para mí. Es una alegría, aunque siempre digo que ojalá nunca hubiera pasado lo que pasó, para que hoy esté acá”. También refirió su lucha para lograr ser reconocido como hijo de Rubén Maulín y Luisa Pratto, sus padres que aún viven. De su relato asoman tramos de una historia terrible.

 

La historia

 

Los padres de José Luis vivían en el pueblo de Reconquista, provincia de Santa Fe, cuando fueron víctimas del Terrorismo de Estado. En octubre de 1976 una patota militar ingresó a la vivienda, destrozaron todo a su paso, y secuestraron a Rubén Maulín y a su madre. Rubén militaba en el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT). En ese entonces Luisa Pratto tenía 25 años y estaba embarazada de José Luis. Quedó a cargo de sus dos hijos mayores, de dos y un año respectivamente. Los meses que siguieron fueron una tragedia. Los militares asolaron varias veces la casa de Luisa. Fue torturada, abusada y violada delante de sus hijos. Luego sufriría el arrebato de su hijo José Luis cuando nació en marzo de 1977.

 

"Pasé por cosas incontables –afirmó Luisa-. Se llevaron a mi suegra y a mi esposo. Mi hermana, violada y secuestrada. Mi otro hermano estuvo detenido. O sea, toda la familia. Y quedé sola a merced de estos genocidas".

Dio a luz en una clínica privada, llevada por los militares. Allí se realizó la apropiación y el robo de identidad. José Luis fue entregado al matrimonio de José Angel Segretín y Cecilia Góngora, dos civiles vinculados a la Fuerza Aérea. "Cuando un médico me dice que le dé de mamar al bebé, dijo que yo me llamaba Cecilia Góngora", puntualizó. Los apropiadores inscribieron al recién nacido con una partida falsa bajo el nombre de José Luis Segretín.

 

En 1982 los padres biológicos de José Luis recuperaron la libertad, y comenzaron la búsqueda por su cuenta. Todos seguían viviendo en el mismo pueblo, pero no se habían cruzado. "Jamás lo vi. No nos cruzamos en un pueblo tan chico. Nunca nos conocimos hasta el 2009", refirió Luisa. Sin embargo, había indicios. A fines de los ‘80 una vecina les pasó el dato del domicilio donde vivía José Luis. Fueron a reclamar por él, pero la falta de documentación y las amenazas de los apropiadores trabaron todo. También la hermana mayor de José Luis se enteró que en su propia escuela había un alumno con el apellido Segretín. Se acercó a hablarle, pero fue infructuoso. Siguieron las amenazas de los apropiadores.

 

Recién en 2009 José Luis y sus padres se encontraron. "En una nota radial que le hicieron a mi vieja –dijo el nieto 120- tomé conocimiento de que había una mujer que estaba buscando a un pibe de ciertas características. Y para mí era yo". Desde chico José Luis dudaba de su identidad. Tenía diferencias físicas notables con las personas que lo habían criado. Además tenía una hermana mayor adoptada. Le inventaron un pasado: que era hijo de una relación extramatrimonial de Segretín, y otras versiones, todas confusas.

 

Luego de encontrarse con su familia biológica, José Luis y sus padres se realizaron las pruebas de ADN en el Banco Nacional de Datos Genéticos. Los datos confirmaron la filiación. Pero la lucha por la identidad no terminó ahí.

 

La lucha continúa. La continua lucha

 

Pese a conocer su identidad, José Luis aún debe usar el apellido de su apropiador. Es por eso que busca una sentencia de la justicia de Santa Fe para evitar la “congoja y la desdicha de portar una identidad que no es la propia", y de ser víctima de "un delito que se cometió hace 39 años, pero que se repite cada día", según expresó en su carta al tribunal.

En junio pasado inició juicio contra Cecilia Góngora, su apropiadora, y contra Elsa Nasatsky de Martino, la médica que atendió el parto (Segretín falleció). La causa es por apropiación de identidad. Se trata de lograr que la ley avale lo que ya conoce desde 2009: el verdadero nombre y la filiación familiar para él y para sus hijos de 12 y 16 años. “Estoy esperanzado, eso es lo que siento hoy acá, en este lugar increíble”, contó el nieto 120.

 

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